Los peligros de la banalización del lenguaje y los límites de lo políticamente correcto

22 de abril de 2013 DE 2013 • Rafa Velasco

Durante mucho tiempo ciertos sectores de la izquierda no dábamos importancia al lenguaje políticamente correcto y considerábamos ese concepto como una banalización de la ideología. No nos faltaba razón en ello, si uno se fijaba en la cantidad de idioteces que el pensamiento débil al estilo Zapatero y Bibiana Aído afirmaban, para tras un lenguaje supuestamente progre esconder políticas que en poco servían para hacer avanzar lo que supuestamente decían defender. Pero el paso del tiempo a mí me ha hecho reflexionar y entender que detrás de una banalización del lenguaje y un desprecio a lo llamado políticamente correcto puede venir consecuencias graves desde el punto de vista ideológico, político y social.
El lenguaje políticamente correcto viene marcado siempre por la ideología dominante, que normalmente es la de la clase económica y políticamente hegemónica, pero que dada la cierta autonomía con la que se mueven los elementos ideológicos en el marco de las luchas de clases, no siempre necesariamente es así; hay momentos históricos donde las clases dominadas logran ir articulando mecanismos culturales e ideológicos que les permiten ir ganando la hegemonía social en este aspecto. Por poner un ejemplo, en los años de la Transición no era políticamente correcto, ni socialmente bien visto, identificarse plenamente con los valores culturales y políticos del Franquismo, ni con los de la Iglesia Católica, y casi nadie que quisiera pasar por persona culta y civilizada hubiera defendido públicamente o justificado la pena de muerte, el matrimonio indisoluble o el sometimiento del hombre a la mujer. Fue la lucha de los sectores populares y de las izquierdas en los campos ideológicos y culturales la que fue generando un cierto discurso de lo políticamente correcto que consideraba incorrecto cualquier cuestionamiento formal de los valores de la libertad o la igualdad. Por seguir con los ejemplos, nadie que quisiera tener un ámbito de respetabilidad social se hubiera atrevido a reclamar un régimen político centralista, a declararse antisemita o a justificar las guerras, como hoy desgraciadamente ciertos sectores conservadores se vanaglorian de hacer.
Tras la derrota, por goleada, que hemos sufridos las izquierdas, sobre todo las revolucionarias, en los últimos treinta años, no es de extrañar poder oír a la señora de Cospedal llegar incluso a vaciar de total contenido a conceptos como Nazismo y Fascismo, para con ello poder acusar de tal cosa, como antes y en parte aún hoy se hace, de etarra o batasuno, a quien se atreva a cuestionar las políticas del actual gobierno. No es de extrañar que esta señora llegue al paroxismo de su prepotencia haciéndolo con tal descaro e hipocresía que la hace olvidar, a ella, pero también a la sociedad en general, que es lo que se pretende, que el PP es hijo natural de un partido, AP, fundado por el vocero de un régimen fascista (Manuel Fraga) y de otros 6 ministros franquistas. Y remontándose más atrás se pretende hacernos olvidar también que el régimen actual es continuación de una dictadura fascista y nacional-católica que pudo vencer en una cruenta guerra con el apoyo incondicional de las potencias fascistas de Europa, y que fue aliado de las mismas con aquella oprobiosa División Azul. Pero es más, dichas afirmaciones de la señora Cospedal carentes de rigor intelectual, pretenden ocultar que el Fascismo hoy esta en otros sitios, en otras políticas, como son en parte las que avalan los sectores más reaccionarios del partido gobernante y sus acólitos mediáticos. Los intentos de criminalización de cualquier disidencia social es Fascismo, los intentos de revertir leyes como las del matrimonio homosexual, el divorcio o el aborto bebe también en las fuentes del Fascismo, y como no los planteamientos de culpabilización del inmigrante como causante del paro o de la situación de la sanidad es claramente discurso ideológicamente fascista.

Si la derecha quiere ganar elecciones en Venezuela o Ecuador se ve obligada a usar conceptos propios de la izquierda, porque viene de perder una batalla ideológica. Sin embargo, en este país el supuesto partido de la izquierda del régimen adapta su discurso al de la derecha para intentar arrastras votos y asume valores como los neoliberales para intentar legitimarse socialmente: austeridad, competitividad, flexibilidad etc…

Es en todo lo ultimo indicado donde esta el serio peligro de la victoria ideológica, también en el terreno del lenguaje, del pensamiento reaccionario en España, a diferencia de otras latitudes. Si la derecha quiere ganar elecciones en Venezuela o Ecuador se ve obligada a usar conceptos propios de la izquierda, porque viene de perder una batalla ideológica. Sin embargo, en este país el supuesto partido de la izquierda del régimen adapta su discurso al de la derecha para intentar arrastras votos y asume valores como los neoliberales para intentar legitimarse socialmente: austeridad, competitividad, flexibilidad etc…
A mi juicio, vivimos momentos cruciales en la historia de España y de Europa donde la batalla política y social va ir acompañada de una fuerte confrontación ideológica y cultural. Por eso me atrevo a decir que si la izquierda transformadora, y sobre todo la revolucionaria, quiere tener algún pito que tocar en ese contexto de confrontación, y no volver a sufrir una enésima derrota, tiene una obligación clara recuperar también la hegemonía en el terreno del pensamiento y del lenguaje. Para ello hace falta un pensamiento fuerte, con conceptos claros y profundos, y con una explicación social entendible por parte de la mayoría de los sectores que queremos movilizar para el cambio social. Debemos de recuperar nuestro propio discurso, nuestros propios conceptos, replanteándose algunos, sin duda, pero sobre todo, rompiendo con el discurso hegemónico del poder actual, y trabajar para hacer romper con el mismo a los sectores populares. Es hora de construir también un nuevo discurso de lo políticamente correcto, y para ello debemos romper con alguna expresión que, a mi juicio me parecen muy peligrosas, con son esas de que somos los de abajo, pero no somos ni de derechas ni de izquierdas, o que no somos antisistema, etc.

si la izquierda transformadora, y sobre todo la revolucionaria, quiere tener algún pito que tocar en ese contexto de confrontación, y no volver a sufrir una enésima derrota, tiene una obligación clara recuperar también la hegemonía en el terreno del pensamiento y del lenguaje. Para ello hace falta un pensamiento fuerte, con conceptos claros y profundos, y con una explicación social entendible por parte de la mayoría de los sectores que queremos movilizar para el cambio social.

Si desde la izquierda que lucha y combate día a día se profundiza en el discurso del apoliticismo, del no luchar por el poder o del individualismo sin más, despreciando ámbitos de organización como los sindicales y partidario, y a la par la derecha montaraz continua con su discurso del liberalismo económico como única política posible, de convertir el término Fascista en un mero insulto y no en una categoría política o de buscar chivos expiatorios a los sectores sociales más desfavorecidos, el escenario que nos deparará los próximos años será muy peligroso, y entonces sabremos, en propia carne, como se empieza a saber en Grecia, lo que es de verdad el Fascismo.